La Culpa del Eco: Cuando el Corazón Predica y la Mente Duda
Hoy me encontré en una encrucijada familiar: Compartiendo con hermanos en un grupo de estudio bíblico, sentí que mi tendencia de hacer ideas y conexiones, se desbordó. Quería tejer una especie de alfombra de historia y discernimiento sobre los cismas de la iglesia, sobre cómo el poder del mundo teje sus redes entre la Verdad y la manipulación. Saqué a relucir a los Sasánidas, a Lutero, a los Documentos de Santa Fe…
Y de pronto, las respuestas. «No entiendo nada», «tanta palabrería», «Cristo es el Rey y punto». El eco de mis propias palabras, magnificado por la pantalla, se convirtió en un murmullo de culpa en mi interior. ¿Me excedí? ¿Fui arrogante al cargarles con tanto?
Los Beatles y la Biblia: Un fascinante viaje entre música y feLos Beatles y la Biblia: Un fascinante viaje entre música y feYa conozco bien la sensación. Las ideas surgen, se conectan, buscan patrones, y cuando intento bajarlas a un ritmo que todos puedan seguir, a veces «el tren ya pasó». La frustración y la culpa pueden ser devastadoras para mi, una sombra que opaca incluso la buena intención del corazón. Siendo honesto, espero que mi Fe me dé el como expresarlo en el momento (Dios proveerá).
Pero hoy, mientras rumiaba esa punzada, me di cuenta de algo crucial: esta culpa no es exclusiva del medio de comunicación del habla.
Cuántos de nosotros, al compartir una verdad que nos quema el alma, al intentar tender un puente entre lo profundo y lo cotidiano, hemos sentido que «nos pasamos». Que nuestra forma de expresarlo no fue la correcta, que no fuimos «sencillos» como se espera, que fuimos «torpes».
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El teólogo que ve la complejidad de un pasaje, pero es percibido como «intelectual» y no «espiritual».
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El artista que expresa la fe con metáforas o símbolos, pero choca con quien espera un mensaje literal.
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El pastor que busca profundizar, pero siente que pierde a la congregación en el camino.
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El padre o madre que intenta transmitir una enseñanza vital, y ve la mirada perdida o el bostezo de sus hijos.
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31.Jesús les propuso otra parábola: «Aquí tienen una figura del Reino de los Cielos: el grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo.
32.Es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece, se hace más grande que las plantas de huerto. Es como un árbol, de modo que las aves vienen a posarse en sus ramas.»
Del Evangelio según San Mateo 13.
Pero, en lo que anteriormente he llamado «torpeza», y que puede ser llamado como el lector acostumbre, reside una belleza particular: «Que te baste mi gracia, por que mi poder se muestra en la debilidad»
La intención, si es pura, si nace es tamizada por el amor y la humildad, ya es una victoria. La culpa puede ser una señal para ajustar el anzuelo o la red, no para dejar de pescar. Para recordar que, en el Reino, hay espacio para el que da un vaso de agua y para el que descifra los misterios, para la sencilla alabanza y para la profunda reflexión.
Como complemento a la oración que me inspira la situación, cito a San Francisco:
Oh Maestro, haced que yo no busque tanto
ser consolado, como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.
Esta reflexión nació tras una conversación sobre cómo a veces nuestra fe es manipulada. Si te interesa ese choque de ideas históricas, puedes leer mi artículo sobre [El Cernidor de la Fe y los Documentos de Santa Fe]

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