Reseña de «La serpiente y el que mata a la serpiente» de Andrew David Naselli
Cuando nos acercamos a series de libros editadas por sellos de los «hermanos separados», a veces anticipamos cierta rigidez doctrinal o sesgos metodológicos predecibles. Sin embargo, de vez en cuando nos topamos con obras que rompen el molde y expanden el horizonte. Es el caso de La serpiente y el que mata a la serpiente de Andrew David Naselli, un libro que calificaría de magistral por su capacidad de hilar la teología bíblica con el mito universal de matar monstruos.
El mito del cazador de dragones: De Tolkien a Harry Potter
El hilo conductor: El protoevangelio y los monstruos de la Escritura
El núcleo del libro es un despliegue de teología bíblica que toma como coordenada de origen la profecía de Génesis 3:15: la enemistad decretada por Dios entre la serpiente y la mujer, y entre la simiente del reptil y la simiente de ella (el llamado Protoevangelio).
A partir de ahí, Naselli hace un recorrido exhaustivo por el Antiguo Testamento desarmando la anatomía del enemigo. Nos enseña a ver que personajes como Nahás el amonita (cuyo nombre significa literalmente «serpiente»), el gigante Goliat (descrito con una armadura de escamas que evoca al reptil), o el faraón de Egipto en Ezequiel (llamado el gran monstruo marino), no son villanos aislados. Son manifestaciones de la simiente de la serpiente primigenia.
Y el patrón de la victoria siempre se repite: figuras que terminan siendo heridas en la cabeza o pisoteadas, muchas veces bajo la intervención directa o el contexto de una figura femenina, apuntando al cumplimiento definitivo. Confieso que, al leerlo desde mi perspectiva católica, mantuve la guardia alta esperando ver cómo interpretaría pasajes complejos del Nuevo Testamento o el Apocalipsis, pero el rigor interpretativo del autor sostiene la lectura con una solidez y claridad que me dieron un levantón en medio de la crisis.
Lo hermoso de la obra de Naselli es que no se presenta bajo el formato barato de la autoayuda evangélica de «¡Levántate y lucha!» o «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» usado como eslogan de gimnasio. En lugar de eso, el autor va exprimiendo con paciencia la Escritura para extraer herramientas de gracia pura. Al mostrarnos la escala de la soberanía de Dios y la certeza del fin del Gran Dragón, el libro se convierte en un refugio teológico que te sostiene el espíritu mientras el texto construye su punto, pero también te amonesta, de hecho también aplaudo no quedarse en una fe sin obras, o mandarte a leer el evangelio hasta que te vuelvas mejor persona, sino a tomar una posición activa en la lucha contra tu propio mal.
El giro al Nuevo Testamento: Una aduana sin nombres
Al avanzar hacia el Nuevo Testamento, Naselli traslada (O mejor dicho, identifica que Dios traslada) las alusiones de las serpientes hacia el terreno de las falsas enseñanzas y la apostasía; primero personificadas en los fariseos y posteriormente en los falsos maestros de las epístolas. Aquí es donde el libro se vuelve sumamente interesante para quienes buscamos una iglesia unida. Aplaudo de pie al autor porque evita la trampa clásica de la literatura reactiva: en ningún momento lanza acusaciones directas contra denominaciones históricas.
En el imaginario de muchos círculos protestantes radicales, la Iglesia Católica opera como el «enemigo eurasiático» de la novela *1984*: una casilla fija a la cual atacar de forma automática para generar una falsa cohesión grupal. Naselli no cae en ese juego bajo. Lo más cerca que está de poner un límite doctrinal es al denunciar la traición a la verdad que representa el llamado «evangelio de la prosperidad», y lo hace de forma directa, sin apellidos denominacionales. Es la pluma de un caballero.
Conclusión: La emancipación del niño lector
Más allá de estas disensiones teológicas que nacen de mi propio sesgo y que podemos asumir con amor y respeto al error, las conclusiones del libro son un llamado poderoso a dar la batalla contra el mal y a no dejarnos arrastrar por las mentiras de la serpiente.
Naselli logra dos objetivos monumentales: arma al cristiano de una esperanza fundamentada y, de forma ingeniosa, cierra el libro reconectándonos con la literatura citada al inicio mediante frases de *El Hobbit* de Tolkien y de *Harry Potter*.
Para mí niño interior, esta conclusión representó una verdadera emancipación espiritual. Yo fui un niño que aprendió a amar la lectura a través de las páginas de *Harry Potter*. Recuerdo perfectamente el dolor y la culpa que me sembraron las noticias de la época al ver a grupos de cristianos quemando esos libros en hogueras públicas, haciéndome sentir culpable por disfrutar de una historia de amistad y valentía. Desde luego que no me alejaron de los libros, sino del cristianismo. Ver hoy a un teólogo reformado serio citar a Harry como una figura crística y animar a los creyentes a leer e incluso escribir historias de dragones sana esa herida del pasado.
Este libro da un fruto espiritual que trasciende las divisiones: le recuerda al mundo, incluso a los no creyentes que disfrutan de las grandes epopeyas cinematográficas, que esas historias de monstruos vencidos reflejan la Gran Historia que los cristianos llevamos grabada en el corazón.
Recomiendo ampliamente su lectura. De hecho, voy a donar mi ejemplar a la biblioteca de la iglesia Doxa para que esté al servicio de la comunidad.
Un aplauso sincero para el autor. Es una lectura que vale la pena congelar en el tiempo.

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