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Teología y doctrinaEl mito de las «religiones» cristianas y la obra maestra del Separador

El mito de las «religiones» cristianas y la obra maestra del Separador

Cuando hablo de la unión de los cristianos, y del ecumenismo en general, suelo toparme con un malentendido fundamental. Muchos piensan que buscar la unidad significa someter inmediatamente a todas las congregaciones bajo una misma autoridad eclesiológica, digamos, el Papa. Pero el primer paso de la unidad no es jurisdiccional, es relacional. Se trata de lograr una convivencia sana, hombro a hombro, donde dejemos de ver a los miembros de otras congregaciones como «objetivos a evangelizar», como si no conocieran ya al Señor. Se trata de dejar de pescar en la pecera ajena, o, en palabras del apostol Pablo: no «edificar sobre fundamento ajeno» (Rom 15:20).

La paradoja de las religiones

Al escribir recientemente sobre este tema, noté un planteamiento recurrente que me llama mucho la atención. En las pláticas menos optimistas, al pensar en la tendencia a la fragmentación de la Iglesia en las ultimas decadas, y en un intento de resignación, he oido la frase de que «las religiones se separan». Pero, ¿por qué usamos la palabra religiones en plural cuando estamos hablando exclusivamente de cristianismo? La religión cristiana es una sola.

Esto nos lleva a una paradoja fascinante. Si observamos el hinduismo, con sus miles de dioses, formas de devoción y expresiones culturales, vemos que conviven sin que un hindú acuse a otro de «no ser hindú». El budismo, con sus múltiples caminos y budas, tampoco sufre de una fragmentación hostil. Coexisten. 

Irónicamente, este separatismo tajante parece darse con mayor fuerza en las religiones abrahámicas, y específicamente en el cristianismo: aquellos que buscamos al Dios único y verdadero. Un Dios que trasciende toda divinidad, que es inalcanzable para el mero intelecto humano y al que ni siquiera podemos ofrecerle algo que no le pertenezca ya. Y, sin embargo, en torno a este Dios Uno, nosotros construimos mil divisiones.

La verdad detrás de las denominaciones

Quienes se dedican al estudio serio de la fe saben esto. Los teólogos más doctos no caen en estos separatismos vulgares. Desde el lado católico, el magisterio de la Iglesia, especialmente a partir del Concilio Vaticano II, no niega que el protestantismo es cristianismo. Y desde la otra trinchera, grandes mentes protestantes como Karl Barth —quien tuvo profundas discrepancias dogmáticas con Roma— o C.S. Lewis, reconocieron siempre al catolicismo como una rama legítima e innegable del árbol cristiano, Dietrich Bonhoeffer… Pueden considerar que la otra parte está en error en ciertos temas, pero jamás los tacharían de paganismo.

El problema real surge en los extremos radicales. Y por radicales me refiero a aquellos liderazgos que carecen de una formación integral. Si vas a enseñar religión, necesitas entender de filosofía, de historia, del contexto de los lenguajes, porque nos comunicamos mediante palabras y el dogma no vive aislado en un vacío. Hay quienes, tomando su Biblia de forma aislada e ignorando el rigor de estas disciplinas, terminan enseñando cosas que sencillamente nunca pasaron. Mienten, a veces sin saberlo, sobre los hechos históricos para sostener sus posturas. Y otras veces son manipulados por entidades políticas (Infiltró la CIA a la Iglesia Evangelica en América Latina).

Y aquí es donde debemos ser tajantes: ignorar la historia y afirmar sucesos falsos es mentir. Y como bien nos advierte la propia Escritura, la mentira es del diablo.

El significado literal de la división

Esto nos lleva al punto central de esta reflexión, que se esconde en la propia etimología de la palabra. Diábolos, en griego, significa literalmente «el que divide», «el que separa», «el que tira algo a través para romper», aparte de «Calumniador» o «Acusador».

La división constante y amarga del cuerpo de Cristo no es un síntoma de «celo doctrinal» o de «pureza espiritual». Dividir, rechazar a los hermanos, levantar muros de superioridad moral y fragmentar a la Iglesia es, simple y llanamente, la obra maestra del Separador.

Es una acción que va en contraposición directa y frontal a la súplica de Jesucristo en la Última Cena, cuando rogó al Padre: «Que todos sean uno». Y dijo a sus discipulos:

Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros

JUAN 13: 34-35

Así que te dejo esto para meditar: la próxima vez que te sientas tentado a marcar un muro, a rechazar a una comunidad que confiesa a Cristo, o a «buscar una frontera» con tus demás hermanos, como bien dice la banda Rescate en su canción… detente un momento y piensa: al levantar ese muro, ¿a quién estás complaciendo realmente?

Lee tambien mi reflexión sobre el ecumenismo, entrada a la cual sus comentarios me inspiraron a escribir esta.

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