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Teología y doctrinaSobre el ecumenismo: Una reflexión desde la trinchera

Sobre el ecumenismo: Una reflexión desde la trinchera

Escribo esta entrada no con el afán de educar, sino de conversar; con la esperanza de que me lean, mediten y, quizás, continúen el diálogo, ya sea conmigo, con sus amigos o incluso con sus detractores. El hecho es que, a quienes nos interesa esto, somos la Iglesia y, por tanto, si existe un verdadero ecumenismo cristiano, el mayor beneficio será siempre para ella.

Quienes no pertenecen a la fe lógicamente preferirían ver mil iglesias fragmentadas en lugar de una sola Iglesia unida, aunque la historia demuestra que el mundo entero se beneficia cuando el cristianismo camina en un mismo frente. Sin embargo, este tema suele ser un tabú intramuros. Generalmente se vive en una de tres posturas: o lo desconoces por completo, te es totalmente indiferente, o —como en mi caso— lo experimentas como un llamado.

 

El choque: Cuando tu fe es cuestionada

Suelo tener la tendencia de guardarme estos temas, a menos que en mi día a día alguien me pregunte o surja una coyuntura particular. Esta vez, la anécdota que me trae a escribir ocurrió tras un discipulado en la congregación reformada a la que asisto.

Tras la lección, y como era de esperarse tras revisar temas como la amonestación y el llamado de Pablo a no dejar que los hermanos se pierdan sin advertencia, un hermano al que aprecio mucho me confrontó. Me advirtió sobre mi casa espiritual, la Iglesia Católica Romana. Entre señalamientos tajantes sobre que lo que allí hay es «idolatría» —y que, sin importar lo que diga el magisterio, idolatría es lo que él considera que se practica—, su conclusión fue que yo debía alejarme de allí…

Les comparto mi reacción para que ustedes mismos la juzguen: Preferí no intentar explicar nada; la experiencia me ha enseñado que el esfuerzo suele ser inútil. En estos debates, lo que uno ofrece como explicación es recibido por el otro como mera justificación, como «patadas de ahogado». Así que solo intenté compartir la visión que me da la paz necesaria para vivir en amistad tanto con protestantes como con católicos: la bella oración de San Francisco de Asís que me inspira a pedirle a Dios, «que busque yo más comprender, que ser comprendido». Con esa frase tuve que despedirme.

¿Qué es realmente ser ecuménico?

Posteriormente, recibí un mensaje afirmando que la Biblia «prohíbe el ecumenismo por los peligros que trae a nuestra vida espiritual». Y aquí radica el corazón de esta entrada: ¿Qué es realmente ser ecuménico y que se puede hallar en la Biblia al respecto?

La palabra proviene del griego oikoumene, que significa «toda la tierra habitada» (muy similar al término católico, que significa universal). En el contexto religioso moderno denota el intento de diálogo interdenominacional. Pero fuera del contexto religioso, podríamos considerar a la ONU como un organismo ecumenico.

Sin embargo, aquí chocamos con el primer muro intelectual: la palabra escrita es una, pero en la mente de quien la lee puede estar limitada a una definición deformada. En los entornos más radicales, se le teme porque suena a un intento macabro de «hacer una sola religión mundial» o de «dar validación a las herejías de otras denominaciones». Pero en su verdadera definición cristiana, el ecumenismo no exige comprometer la doctrina propia, sino que busca el diálogo, la paz, los objetivos comunes y, aunque suene exagerado para algunos, el amor al prójimo.

Es, a fin de cuentas, colaboración. Ya lo explicaba el apóstol Pablo al describir a la Iglesia como el cuerpo de Cristo:

«En un cuerpo no todos los miembros son iguales en importancia, forma, función ni dignidad, pero todos están unidos. ¿Podrá el ojo decirle a la mano: no te necesito?» (cf. 1 Corintios 12)

La visión del Vaticano II y el deseo de Cristo

La Iglesia es toda la comunidad de creyentes. Aunque como católico —y como aficionado de la historia— tengo la convicción de que la Iglesia Madre es la comunidad resultante de la sucesión apostólica, el propio Concilio Vaticano II hace constar (en documentos como Lumen Gentium y Unitatis Redintegratio) que los hermanos separados por la Reforma u otros cismas están revestidos de la gracia del bautismo y forman parte integral de esta gran comunidad del Señor.

Habiendo dicho esto, recordemos a Cristo en el momento en que habló con mayor soltura e intimidad: la Última Cena. Allí, el apóstol Juan documenta que el Señor oró al Padre por la unidad de todos los creyentes:

«Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti» (Juan 17:21).

Piénsenlo con detenimiento: no fue un mandato que Cristo nos impuso, fue una petición, una súplica directa de Cristo al Padre. Lo hizo a viva voz para que todos conociéramos el deseo de su corazón. Algunos intentan suavizar este pasaje argumentando que Jesús se refería a ser uno en la «interpretación correcta de las Escrituras», pero esa lectura no se sostiene.

El llamado a un mismo sentir y la legitimidad de la autoridad

Cristo no fue el único en suplicar por esto. Las epístolas están inundadas de ruegos literales para ponernos de acuerdo. El apóstol Pablo nos exhorta en 1 Corintios 1:10: «Os ruego, pues, hermanos… que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer». Y a los Filipenses (2:2) les pide completar su gozo estando «unánimes, sintiendo una misma cosa».

Para salvaguardar esta unidad y evitar que cada quien enseñe lo que le parezca, la Escritura establece un modelo muy claro sobre la legitimidad de la autoridad. En el cristianismo original, el liderazgo no opera bajo un modelo de emprendimiento moderno. Nadie se levanta un día, interpreta la Biblia a su modo, alquila un local y decide fundar una iglesia desde cero o buscar alguna otra comunidad que tras una evaluación se ajuste a nuestras espectativas.

La autoridad bíblica siempre opera por delegación visible y sucesión. Lo vemos de forma contundente en el mandato a Timoteo, cuando Pablo le recuerda: «Te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos» (2 Timoteo 1:6). Los apóstoles designaron líderes y autoridades mediante esta imposición de manos, y estos, a su vez, designaron a la siguiente generación en una cadena ininterrumpida. En todo el Nuevo Testamento no existe una sola invitación, mandato o permiso para separarte y liderar una nueva iglesia independiente solo porque crees tener una mejor interpretación que las autoridades establecidas.  Esta entrada no busca delegitimizar la autoridad de las Iglesias resultantes de los cismas, sino parar la fragmentación de tales comunidades.

La severidad contra los divisores y el peligro de la soberbia

Por el contrario, las advertencias contra quienes rompen esta unidad son de las más duras en toda la Escritura. Además de la severidad con la que Pablo pide alejarse de «los que causan divisiones» (Romanos 16:17), le da una instrucción tajante a Tito (3:10): «Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo». Y el apóstol Judas (1:19) los describe con una crudeza que debería hacernos reflexionar: «Estos son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen al Espíritu».

Hay que recordar además la ironía histórica: la gran herejía de la época apostólica, el gnosticismo, se jactaba precisamente de interpretar los textos sagrados con una precisión y «profundidad» superior, rechazando la autoridad apostólica. Ante eso, fue Pablo, el más docto de todos, quien nos recordó que al final todo pasará —incluso la profecía y el conocimiento teológico exacto— y solo perseverará el amor. Porque como escribió Juan: Dios es amor, y el que no ama, no ha conocido a Dios.

Vayámonos un paso más allá, a la trágica condición de separarte voluntariamente de tu comunidad de fe por creerte portador de una interpretación mejor. «Con la vara que midas, serás medido«. Ten mucho cuidado al dar por condenados a cristianos imperfectos, no sea que tú mismo, siendo imperfecto, seas medido por el Juez con esa misma vara implacable.

Mejor ten amor a ti mismo, a tus hermanos y al Señor que nos quiere unidos. Evita convertirte en el divisor. Evita ser ese Caín espiritual que, por soberbia, termina vagando por la tierra: marcado por la gracia para que nadie le quite la vida, sí, pero a fin de cuentas solitario, errante, y lejos del fruto que la tierra le daba cuando pertenecía a una familia imperfecta, pero cristiana.

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