Jesucristo, Itachi Uchiha y el Izanami: Rompiendo el bucle
La obra maestra de Masashi Kishimoto, Naruto, es, según las palabras de un hermano pentecostal que conozco, «endemoniada». Y, viéndolo desde cierta óptica, quizás tiene razón: invocaciones de entidades, el arte de la guerra, pactos de sangre e incluso espíritus habitando cuerpos ajenos. A todas luces, son prácticas prohibidas por la Iglesia.
Sin embargo, debemos recordar que es fantasía, un cuento, una aventura. Es verdad que un lector poco maduro podría sentirse animado a intentar hacer un pacto de sangre para invocar un espíritu al estilo shinobi, y hago esta aclaración desde el principio para satisfacer la ortodoxia de los cristianos más exigentes que siguen los textos de teología y doctrina en Conejo Pescador. Pero si sabemos mirar debajo de la superficie, la fantasía a menudo esconde destellos de verdades universales. Hoy quiero analizar una de ellas: el Izanami.
La sombra de la serpiente y el bucle infinito
No espero que todos los que lean esto hayan visto Naruto, pero trataré de ser claro. Casi al final de la historia, se nos presenta una técnica (jutsu) visual llamada Izanami, utilizada como el último recurso en un combate dificilísimo contra un personaje llamado Kabuto.
Kabuto es un huérfano de la Aldea de la Hoja que fue acogido por Orochimaru, un perverso ninja legendario que se identifica con una serpiente blanca. Durante toda la serie vemos a Kabuto como un prodigio que vive bajo la sombra de este gigante. Cuando tuvo la oportunidad, Kabuto absorbió los restos de su maestro, adquiriendo un aspecto serpentino monstruoso. Al imitar y fusionarse con su ídolo, su cuerpo y su espíritu se corrompieron, pero alcanzó un nivel de poder tan inmenso que logró poner en jaque a dos de los personajes más fuertes de la serie: Sasuke y el «semidiós» Itachi Uchiha.
Por más daño físico que le hacen a Kabuto, no sirve de nada gracias a sus poderes de regeneración casi divinos. El combate parece perdido, hasta que Itachi revela su as bajo la manga: una técnica prohibida, el Izanami.
En la secuencia del combate, vemos cómo los hermanos logran cortarle un cuerno a Kabuto. Kabuto alardea de su invencibilidad, Itachi lo mira, y de pronto, la escena se repite. Le vuelven a cortar el cuerno, Kabuto vuelve a alardear, Itachi lo vuelve a mirar. Kabuto está confundido. El cuerpo físico de Kabuto está completamente estático en el mundo real, pero su mente está atrapada viviendo una fantasía de combate que se repite una y otra vez sin llegar jamás a una conclusión.
El Izanagi, el Izanami y el orgullo humano
Para entender la magnitud de la técnica que Itachi utiliza sobre Kabuto, primero hay que conocer su contraparte: el Izanagi.
El Izanagi es un poder que permite al usuario reescribir la realidad. Si un ninja comete un error fatal o es asesinado en batalla, puede usar esta técnica para borrar ese evento como si fuera un simple sueño y salir ileso. Es, en esencia, la máxima arrogancia humana: el deseo de jugar a ser Dios, alterar el destino a conveniencia y huir de las consecuencias de los propios actos.
Pero abusar de este poder creaba guerreros ciegos a la verdad, perdidos en su propia soberbia y desconectados de las consecuencias de sus pecados. Fue precisamente para detener a los usuarios del Izanagi que se creó el Izanami. Mientras que el Izanagi altera el destino, el Izanami te obliga a aceptarlo. La técnica encierra a la víctima en un bucle temporal ilusorio que solo tiene una puerta de salida: dejar de engañarse.
Kabuto es liberado del bucle en el momento exacto en que acepta su realidad. Acepta que él no es el poderoso e invencible Orochimaru; acepta que solo es Kabuto, el huérfano de la Aldea de la Hoja. Al romperse su ego y su falsa ilusión de grandeza, el bucle se deshace. Y lo más hermoso es el resultado: Kabuto pierde por completo el deseo de luchar. Su corazón encuentra la paz. Años después, lo vemos dirigiendo un orfanato, habiendo olvidado aquella enferma búsqueda de poder.
El Izanami del pecado y la gracia de Cristo
En la vida cristiana ocurre algo profundamente similar. Satanás (La serpiente antigua) y nuestro propio orgullo nos encierran en un «Izanami» espiritual: un bucle infinito de frustración.
A menudo actuamos como si tuviéramos el Izanagi, creyendo que podemos reescribir nuestra propia justicia, borrar nuestros pecados con buenas obras o jugar a ser los dioses de nuestras propias vidas. Pero por más virtuosos que intentemos ser, caemos en el mismo pecado y en la misma soberbia, una y otra y otra vez. Vivimos frustrados, intentando construirnos una identidad de «cristianos perfectos e invencibles«, siendo heridos constantemente por el tentador y sin llegar a ninguna conclusión.
La única forma de romper esta ilusión diabólica es la humildad. Es aceptar nuestra realidad: no somos el maestro Jesucristo, el único hombre sin pecado. Somos seres caídos.
Pero hay un aspecto aún más grande que debemos reconocer para ser liberados: Jesucristo murió para pagar la justicia de todos los que jamás podríamos lograrlo por nosotros mismos. Entender y aceptar esto nos quita un peso inmenso de encima. Nos arranca la obsesión de pelear una batalla por la salvación que ya estaba perdida, y nos pone en las manos de Aquel que ya ganó esa batalla por nosotros.
Al igual que Kabuto, debemos recordar quiénes somos: simples huérfanos en este mundo, pero que hemos sido maravillosamente adoptados por gracia. Y, libres ya del bucle de la frustración, podemos orientar nuestros esfuerzos y talentos a las obras de caridad. Seguiremos perdiendo algunas batallas cotidianas en nuestra búsqueda de la virtud perfecta, pero haremos que cada día vivido aporte algo a los demás, dando lo mejor de lo que hemos recibido, recordando siempre el mandato: «Dad de gracia lo que de gracia habéis recibido».

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