De evangélico a católico reconciliado: Mi postura ante los hermanos protestantes
Antes de adentrarnos en las muchas entradas y debates que vienen para la sección de Teología y doctrina de este blog, creo que es fundamental poner las cartas sobre la mesa y definir claramente mi postura frente a la Iglesia Protestante. Y para hacerlo, tengo que contarles un poco de dónde vengo.
Soy un católico reconciliado. Esto significa que tuve un alejamiento de la Iglesia Católica y, durante un tiempo, participé activamente en varias comunidades evangélicas. Vi de todo. Estuve en una iglesia que lamentablemente era corrupta y vacía; pasé por otra que, aunque como comunidad de fe no destacaba mucho, las obras de caridad de la familia pastoral eran admirables. También conocí iglesias de muy buena doctrina e incluso otras espectaculares en todo: doctrina, liturgia y comunidad.
Recuerdo con especial cariño una de ellas donde, tras el sermón del pastor en turno, siempre se daba un derecho de réplica a la congregación. Cualquier miembro podía tomar el micrófono para complementar la prédica o incluso corregir con respeto ciertas posturas tomadas durante el sermón, todo con un genuino ánimo de construir y no de destruir. Aprendí muchísimo allí.
Sin embargo, me reconcilié con la Iglesia Católica tras un periodo de silencio que me fue impuesto de manera pastoral. En ese silencio simplemente seguí leyendo. Y esa lectura me llevó de regreso a Roma en un proceso escalonado: primero la reconocí como una iglesia verdaderamente cristiana; luego, escarbando en los siglos, la reconocí como la Iglesia histórica; y finalmente, la reconocí como Madre. Teniendo yo los sacramentos desde niño, me pregunté: ¿Por qué no aprovechar y ser parte de semejante belleza?
A pesar de mi regreso a casa, por lazos familiares y tambien por amor he seguido conviviendo estrechamente con comunidades protestantes y espero poder seguir haciéndolo toda mi vida.
La brújula del Vaticano II: Hermanos, no herejes
El propósito de esta entrada es definir mi postura ante mis amigos, lectores y hermanos protestantes. Me da muchísima paz saber que la postura que he adoptado en mi corazón es exactamente la misma postura oficial de la Iglesia Católica, expresada magistralmente en los documentos del Concilio Vaticano II.
Si leemos la constitución dogmática Lumen Gentium (que define qué es la Iglesia), vemos que se expresa claramente que cada creyente bautizado forma parte del pueblo de Dios, incluso sin una adhesión plena a la estructura visible de la Iglesia Católica. Hay un vínculo real a través del bautismo, las Sagradas Escrituras y la fe en Cristo.
Pero el documento que realmente cambia las reglas del juego en el trato es el decreto Unitatis Redintegratio sobre el ecumenismo. Este texto quita de la mesa los duros anatemas (condenas) del antiguo Concilio de Trento. Reconoce oficialmente a los evangélicos y protestantes como «hermanos separados». Dictamina que quienes nacen hoy en esas comunidades no tienen la culpa de las divisiones del pasado, y afirma que el Espíritu Santo no rehúsa usar a estas congregaciones como medios de salvación, pues participan de la gracia.
Así que esa es mi postura definitiva. Ningún protestante debe defender ante mí, ni ante la Iglesia, su pertenencia al Cuerpo de Cristo o su situación salvífica. Desearía tener la seguridad de que este trato fuera recíproco siempre (sé que en muchos sectores más radicales no lo es), pero eso no cambia mi posición.
No tengo ninguna intención de usar este blog para «demostrarle» a un protestante que tiene la obligación de convertirse al catolicismo. De hecho, leyendo bajo la luz del espíritu del Concilio, entiendo que si un hermano evangélico identifica, al igual que yo, ciertas verdades históricas o doctrinales de la fe católica, a veces su llamado no es abandonar su iglesia abruptamente. Lo mejor que puede hacer, en muchos casos, es seguir participando en su comunidad de fe, aportando esa Verdad como un fermento positivo desde adentro en lugar de huir.
Una vez aclarado esto, espero que puedan leer mis artículos con un enfoque diferente. Sin duda, tengo muchos temas en el tintero para discutir con calvinistas, mormones, testigos de Jehová, adventistas, pentecostales o anglicanos. Seguramente en más de una entrada nos daremos más rasguños que gatos en un costal discutiendo teología. Pero quiero que quede claro: sin importar qué tan acalorado se ponga el debate bíblico, nunca pondré en duda que estoy discutiendo con un hermano en la gracia, luz para el mundo, y uno con Cristo y conmigo.

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