¿Infiltró la CIA a las iglesias en México? Historia y mitos
Hace apenas unos días, Marco Antonio Regil —a quien muchos recordamos por programas como 100 mexicanos dijeron— publicó una cápsula en sus redes que puso sobre la mesa una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Fue la CIA la encargada de insertar y expandir la iglesia evangélica en México y América Latina?
Quizás te interese, para un mejor entendimiento de mi artículo, conocer mi postura ante la Iglesia Protestante en mi manifiesto.
Ver a una figura pública abordar este tema me dio la luz verde que necesitaba para hablar de algo que llevaba tiempo analizando. Como alguien que se mueve constantemente en el diálogo entre católicos y protestantes, conviviendo con ambas comunidades y amando a las dos, a veces resulta difícil tocar estos puntos históricos sin que parezca un ataque gratuito. Pero ahora que la conversación está abierta, es momento de aportar nuestra teología de garaje al asunto.
Los Documentos de Santa Fe y el Plan Rockefeller
Para entender la raíz de esta teoría, hay que ir a los archivos históricos. Existen textos como los Documentos de Santa Fe y los informes de Nelson Rockefeller que detallan explícitamente la intención de Estados Unidos de infiltrar América Latina para restar influencia al catolicismo.
¿La razón? Durante la Guerra Fría, el auge de la Teología de la Liberación ponía muy nerviosos a los estadounidenses. La idea católica de la opción preferencial por los pobres y el modelo de las primeras comunidades cristianas, donde «no había para ellos nada que no fuera en común» (como relata el libro de los Hechos de los Apóstoles), le sonaba demasiado a comunismo al gobierno de EE. UU. de tiempos de la Guerra Fria. Para contrarrestar esto, financiaron misiones y promovieron un modelo de fe mucho más individualista. Esta es la semilla histórica que no podemos ignorar y cuyos documentos vale la pena que cada quien busque y juzgue por sí mismo.
El verdadero motor del boom: El modelo brasileño
Lo más fascinante de la cápsula de Regil es la intervención del historiador invitado, quien mantiene una neutralidad admirable. Él acepta que Estados Unidos tuvo toda la intención y el deseo de operar esta infiltración, pero aclara un punto crucial: el verdadero boom evangélico que vimos estallar en México durante la década de los 90 no fue un triunfo de la inteligencia de la CIA.
Las iglesias evangélicas históricas que llegaron del norte siempre mantuvieron una liturgia con cierta solemnidad. El crecimiento masivo real vino impulsado por el «modelo de negocio» y eclesiástico de las iglesias neopentecostales brasileñas. Fue este método —lleno de luces, conciertos de rock, gritos emocionales y catarsis— el que conectó con las masas. Ofrecieron un espacio donde la gente podía ir a gritar y desahogarse sin ser juzgada, sino que, por el contrario, ese desborde emocional era validado como una manifestación espiritual superior. El tiempo propició que a la emoción surgiera el cuestionamiento, abriendo el paso a corrientes cristianas menos emocionales y más racionales como las «Iglesias Reformadas» o la busqueda intencional de Iglesias Bautistas o metodistas. En algunos casos como el mío, nos reconciliamos con la Iglesia Católica.
Pensar en esto me da cierta paz mental. Saber que el crecimiento de estas comunidades no fue una operación psicológica de la CIA coronada con éxito, sino un fenómeno sociológico impulsado por un modelo latinoamericano (y la posterior llegada del internet), cambia la perspectiva.
El «tic en el ojo»: La ironía de la sumisión extranjera
Sin embargo, hay algo que sigue incomodando. Aunque el boom no fue obra directa de Washington, hoy en día abundan en México iglesias cristianas que operan bajo el liderazgo de pastores o «apóstoles» estadounidenses que jamás dan la cara a la congregación local. Otros casos de ministerios como Maranatha son un ejemplo de cómo nos vamos enterando de que ciertas instrucciones doctrinales y administrativas vienen dictadas directamente por líderes en Estados Unidos.
Resulta irónico. Muchas de estas iglesias rechazan tajantemente la figura del Papa argumentando que no desean someterse a la influencia de Roma ni a una autoridad terrenal suprema. Sin embargo, terminan rindiendo cuentas y siendo influenciados por líderes invisibles en el extranjero.
Admiro profundamente a Estados Unidos en muchos aspectos, especialmente por su historia de vanguardia en la libertad religiosa cristiana. Pero hago un llamado respetuoso a estas comunidades evangélicas en México que tanto proclaman su autocefalia y libertad: Vivan de verdad ese evangelio que afirman haber recuperado. Sean las comunidades autónomas y locales que dicen ser, deslindándose de autoridades extranjeras en las sombras.
O, en su defecto, reconozcan que la naturaleza humana y eclesial sí necesita la figura de un pastor principal, un vicario visible y activo en la tierra. Porque, a fin de cuentas, eso es exactamente lo que es el Papa para los católicos: una cabeza visible para la unidad, no un fantasma corporativo extranjero.
Este es solo el comienzo del análisis. En próximas entradas de la sección de Teología y doctrina, profundizaremos en otro tema histórico que levanta ámpula: cuando a las Sociedades Bíblicas en México les llegó el precio para imprimir Biblias completas y sin los recortes habituales.

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